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Johnny The Hunter / Elizabeth

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Johnny The Hunter / Elizabeth

Mensaje por Jacintobcn el Jue Ago 06, 2015 8:34 am

Hola me gustaría recomendaros una novela negra. Se llama Elizabeth de Johnny the hunter. Es de lo mejor que he leído de novela negra en España. La podéis encontrar en amazon.


 SINOPSIS ELIZABETH:

Londres, Febrero de 2015. Gerard Brown, un veterano político, conoce de manera casual a una atractiva y elegante joven en una cafetería de Covent Garden. Su vida da un giro totalmente inesperado desde entonces. Dos mujeres, Brigitte e, Elizabeth, opuestas la una a la otra, entran a formar parte de su vida para lo bueno y lo malo. Nada volverá a ser lo mismo para él.

El inspector de policía Peter Moles recibe una misteriosa nota de felicitación en el día de su cumpleaños relacionada con una investigación. La cosa se complica más de lo esperado. Se encuentra cara a cara con el caso más intrigante de su carrera. Un reputado psiquiatra le ayuda a trazar el perfil psicológico de la persona a la que se enfrenta. Si tiene razón, se encara a un asesino que se sale con mucho de lo habitual, despiadado y manipulador, que no parará hasta conseguir su objetivo.

Un nocturno psicópata sediento de sangre comete crímenes perfectos con total impunidad. Una única ambición: desbancar a Jack el destripador como asesino más famoso de la ciudad. Un podio que quiere para él y no esta dispuesto a compartir. Los medios de comunicación se convierten en su principal baza, su tarjeta de presentación, con gran destreza muestra sus engañosas hazañas a través de la prensa y la televisión, que nada tienen que ver con la realidad. Lo que ayer era blanco, hoy es negro, y se crece con cada paso que da.

Esto sólo es el comienzo. Una espiral de violencia y muerte amenaza la ciudad, que deja de dormir tranquila.    

                                       EL ENCUENTRO

Londres 14 de Febrero. En el mercado de Covent Garden la lluvia era incesante, el frío intenso. A pesar de ello, el mercado se encontraba muy concurrido. No era sencillo moverse entre el bullicio. El parlamentario Gerard Brown se adentraba entre los puestos del mercadillo como casi cada sábado. Es allí donde encontraba el foie gras francés que tanto le gustaba. Salia caro, eso sí, pero poco le importaba; se lo podía permitir.

El elegante hombre de pelo grisáceo, se conservaba bien a pesar de sus sesenta y tres años. Era fornido, bien plantado, ligeramente fuera de peso, resultado de las recientes fiestas navideñas y la ausencia de actividad física. Llevaba un impecable abrigo, azul marino largo con sombrero a juego y en una de sus manos sostenía un paraguas negro. Se dirigía al puesto habitual, donde compró dos latas del apreciado producto. Se abasteció a su vez, de un par de botes de mermelada de tomate y cebolla. Eso era cuanto necesitaba por lo de ahora.

Prosiguió su camino hacia la elegante cafetería Dickens, donde tomaría su expreso. Encontraba que era el mejor café de Londres. Se resguardaría de la lluvia por un buen rato, mientras se relajaba leyendo el periódico del día.

Entró en la lujosa y amplía sala con paso decidido. A esas horas, estaba muy concurrida. Ocupó una pequeña mesa de mármol y hierro forjado, al lado del amplio ventanal. Desde allí podía contemplar el animado mercado matinal. Se alegró de disponer de su mesa preferida, alejada del ajetreo de la por momentos ruidosa barra. Sacó su ejemplar del Sunday Times y se puso las gafas de leer, abrió el diario directamente por la sección cultural con la intención de encontrar algo interesante que hacer esa misma tarde.

La pareja que se encontraba en la mesa contigua se levantó, dejándola libre. Al rato, una joven se instaló en ella y desplegó su ordenador portátil. Gerard no pudo evitar echarle una mirada, era una chica bien hermosa. Poseía esa belleza de la juventud, realzada por una elegancia inesperada en una joven de su edad. Demasiado atractiva como para no fijar la vista en ella. Unos veintisiete años, labios carnosos, mirada viva, intensa. Lucía un vestido negro de una pieza que resaltaba sus hermosos ojos verdes. Un peinado sofisticado acabado en un complicado moño ¿Sería inglesa? Parecía italiana o francesa, ¿Quizás una mezcla?. Tenía clase, mucha clase. La joven estaba absorta en el ordenador, tecleando a buen ritmo.

Hizo una pausa en la lectura, apoyó el periódico en la mesa y probó el excelente expreso. La muchacha continuaba escribiendo ajena a las miradas del ignorado caballero sentado a su lado. El hombre se recostó en el asiento para echar una mirada curiosa a la pantalla. Está escribiendo un correo, sin duda. No era eso lo que escribía. Creyó ver un texto, pero fue de manera furtiva, imprecisa, por lo cual trató de echar de nuevo un vistazo. Su indiscreción, llamó la atención de la joven, que lo observaba sin reparo y le sonrió cordialmente.

Gerard enrojeció, virando su mirada hacia el ventanal y la agitada plaza. Al volver la vista, ella continuaba observándolo. Se había dado cuenta, evidentemente.

- Perdone, no pude evitarlo. La veía tan concentrada... que me llamo la atención. ¿Qué esta escribiendo? -. Le dijo como disculpándose. Aprovechaba, a su vez la oportunidad para entablar conversación.

- Estoy con una novela. Comenzando -. Su voz era agradable, amable. No se había alterado por su indiscreción. Eso lo calmó y animó a seguir hablando con la interesante joven.

- ¿Es usted escritora, entonces? -. Inglesa, clase alta, concluyó Gerard por su acento. Su curiosidad se incrementaba a medida que iba conversando con ella.

-No. Solo escribo para mí -. Ahora era la chica la que examinaba al curioso caballero de la mesa contigua. Él jugueteaba con su bolígrafo golpeando el periódico acompasadamente.

- ¿Sólo para usted? Entonces.... es una afición. Debería compartir sus escritos, seguro son de interés. Conocer la opinión de los demás -. Se permitió darle el consejo, escribir para uno mismo no tenía demasiado sentido para él.

- Sí, un hobby. Me es útil para recordar las cosas que me pasan. Lo que escribo es muy personal: experiencias, pensamientos, cualquier cosa que se me ocurra o me suceda. Demasiado íntimo como para compartirlo. Me llamo Brigitte -. La chica le ofrece la mano.

- Encantado Brigitte. Gerard Brown -.  Respondió él alcanzando la mano, ella la recibió con firmeza. Su piel cálida, delicada. - Autobiográfico, entonces más interesante aún.

- Depende de como se mire. Supongo que sí. He decidido coger las riendas de mi vida, tomar decisiones -.  La chica se vuelve enigmática de repente.

- Eso esta bien. Uno tiene que ser capaz de dirigir su vida, es importante tener un objetivo claro. Saber lo que uno quiere y, más aún, lo que necesita. A partir de ahí, dar los pasos para conseguirlo. Enfocarlos para conseguir las metas.

- Es un buen consejo. Eso es exactamente lo que quiero hacer -. La chica dirigió de nuevo su atención y pensamientos hacia el texto proyectado en la pantalla ante la mirada de Gerard. Siguió tecleando durante un buen rato. Mientras, él prosiguió la lectura del periódico sin osar a interrumpirla.

El camarero trae a la mesa de la joven un Bloody Mary junto con unos snacks salados. Gerard observa como la chica da un sorbo al cóctel y lo deposita con delicadeza a la mesa. Obviamente es una mujer de la clase alta. Su manera de comportarse así lo denota. Su acento le recuerda a las damas burguesas de las elegantes y anodinas cenas que frecuentaba ¿Sería hija de alguna de ellas?.

Gerard le hace un gesto con el dedo, indicándole que se ha manchado los labios con la bebida. Ella se pasa la lengua de manera muy sensual, formando un circulo con toda la boca y le lanza una mirada provocadora, pícara, quizás en demasía. Gerard respira hondo. ¿Se me ha insinuado? , o ¿Serán imaginaciones mías?. Él no es de piedra, desde luego. Finge no haberse percatado. Esta desconcertado.

- Sabe. Usted tiene razón. Debería compartirlo con alguien. ¿Me podría dar su opinión? -. Dice la chica ofreciéndole el texto.

- Con muchísimo gusto -. Gerard se levanta ilusionado con la propuesta que le permitiría, por fin, satisfacer su curiosidad. Se acomoda en la silla que la chica le ofreció, mientras ella retrocede el texto al principio, sentándose justo enfrente de él. Pudo oler el aroma a rosas de su refinado perfume.

Comienza a leer en silencio. Ella le observa  - ¿Le apetece un Bloody Mary? Le invito -.  Él asiente con la cabeza concentrado en la lectura. Desde luego tiene estilo. Lee las dos primeras páginas con detalle, sin prisas. La chica enciende un pitillo impaciente, y le echa una bocanada de humo que envuelve al elegante caballero por completo. Él levanta su mirada, entre molesto y sorprendido. Sus ojos se entrecruzan. Esta inquieto. Ella, sin embargo, se ve relajada, dueña de la situación.

¿Por qué habrá hecho eso? Prosigue  la lectura, obviando el gesto de la chica, Gerard se afloja la corbata. El camarero viene con el Bloody Mary.

¿Qué le parece? -. Se impacienta ella.
Me gusta, tiene usted mucho estilo. Esta muy bien escrito. Interesante. Déjeme acabar y le digo -. Esta ahora más interesado en el texto que en ella.
Ahora viene la parte más apasionante. Sólo la he comenzado -. Le responde la chica, con un brillo en su mirada.

El hombre, de nuevo, se centra en el texto. Al leer los últimos párrafos algo en su interior se despierta. La joven le clava la mirada. Sabiendo lo que acababa de suceder, y le sonríe maliciosa. Él, nervioso, toma un sorbo del Bloody Mary largo, muy largo. Brigitte lo observa divertida. Gerard, no sabe que decir. Nunca le había pasado algo semejante. ¿Sería su día de suerte?.

El hombre baja la vista de nuevo. No es capaz de aguantar la mirada a la chica. La situación se ha vuelto embarazosa, morbosa.

- ¿Demasiado atrevida, quizás? -. Dice Brigitte.

-  No me esperaba algo así -. Contesta él avergonzado.

- ¿Le gusta o no? -. Insiste ella, ofreciéndole una amplía sonrisa capaz de iluminar los rincones más tenebrosos. Gerard la observa sin reparos, no iba a permitir que se burlase de él.

- Sí-. Responde de forma seca, confusa, como la expresión de su cara.

- Vamos, ¡No este usted tan serio! Espero no haberlo ofendido.

- No estoy serio. Tampoco ofendido; estoy sorprendido. Tengo hijos de tu edad, ¿sabes?.

- ¿Le gustaría ayudarme a escribir el final de la historia?- . Lo contempla, esperando su respuesta.

- Sí -.  Su respuesta, aún siendo afirmativa, no suena ni mucho menos, rotunda. No lo tiene claro. Se quedan ambos en silencio por un momento que se hace eterno.

- ¿No se tratara de una broma? Una mujer como usted... -. Gerard seguía sin poder dar crédito a la proposición.

- Es una fantasía, nada mas que eso. Se me ocurrió de repente, al ver como me miraba. Me comía usted con los ojos ¡No me dirá ahora que no era así! Quiero cumplir esa fantasía con usted.

- Me gustaría, no lo niego. Aunque no lo encuentro apropiado. El sexo, para mí no es ningún juego; tampoco tengo costumbre de acostarme con desconocidas -. Su respuesta: clara, definitiva, directa.

La chica se levanta y se acerca al ordenador. Pone su mano izquierda sobre la del hombre, que mantenía apoyada en la mesa, mueve el puntero del texto hacia el final y escribe: Quiero ser completamente tuya esta noche. Tuya, Gerard. Me entregare a ti. ¿Me deseas? El hombre siente un escalofrío. Como decir no a esa proposición.

Toma aire de nuevo, la joven lo estaba volviendo loco; estaba jugando con él. La desea con toda su alma en ese momento. Le había puesto a cien deliberadamente y parecía divertirse con ello. Él era un hombre muy clásico, respetable, no actuaba de esa manera. ¡Una muchacha tan bella! No la disfrutaba desde muchos años atrás.

Brigitte se acerca a recoger el bolso que tiene al lado de la silla, y apoya su mano en la entrepierna del hombre, acariciando suavemente el evidente bulto que se ha despertado en el pantalón. Él se pone tenso, colorado, girando la mirada para ver si alguien se había percatado de la situación. Podría haber algún conocido en el bar. Pero no era así, únicamente los camareros, que están bastante ocupados sirviendo a la clientela. Ni siquiera, podría decir que conociese a alguno de los actuales empleados de la cafetería. Cambiaban tanto, que podría ir cada sábado y seguiría siendo un completo desconocido para cualquiera de ellos.

Lo pasaremos muy bien los dos. Por un momento pensé que no le interesaba -. Se sienta de nuevo en su silla satisfecha para acabar el Bloody Mary, esperando su respuesta. El hombre apura el último sorbo sin decir nada, ante su atenta mirada.
Entiendo. Es usted un hombre casado -. Le dice la chica, ofendida por su indecisión.
No. Estoy divorciado -. Responde pausadamente.
Entonces. ¿Qué le impide, dígame?
No es eso. Soy un hombre honorable ¿Comprende?.
Yo tanto o más que usted-  Contesta ella acercando su cara a la suya, provocándolo si cabe aún más.

Una repentina llamada telefónica interrumpe la conversación. La chica busca en su bolso el teléfono.

Sí, salgo ahora mismo Dominique. Lo siento Gerard, debo irme -. Él la mira, pensando que se le había esfumado la oportunidad.
No se vaya -. Acierta a decir. Se le escapaba de las manos. No me dejes así.
Veo que lo ha pensando mejor -. Le dice, ofreciéndole una tarjeta con su dirección y su nombre: Brigitte Lewis. - Le espero esta noche a las siete y media. Venga de etiqueta y traiga el vino que más le guste. Lo disfrutaremos juntos, los dos. Siento dejarle tan bruscamente, mi mayordomo viene a recogerme -.  Comenta la chica mientras cierra el ordenador y recoge sus pertenencias.

¿Mayordomo? La curiosidad por la ella crece de manera exponencial. La tiene a su alcance, tan apetecible. Esta a punto de irse, de desaparecer quizás para siempre. Sólo tiene que decir sí, sólo eso y será suya, suya. Se siente atraído hacia ella con locura. Las palabras del texto vienen a su mente Tuya Gerard. Me entregare a ti. Sin embargo, no dice nada, la chica frente a él a punto de marcharse.

Un Rolls Royce para justo enfrente de la puerta de la cafetería, un hombre de mediana edad, vestido de uniforme, al volante. Ambos dirigen la mirada hacia el flamante coche. El Dominique. Menuda vida de lujo lleva la chica. ¿Por qué se habría encaprichado de él? Una fantasía, quiero cumplirla con usted. Le vino de nuevo a la mente.

Me voy Gerard. Sólo tiene usted que decir: Sí -. La chica de pie a escasa distancia de Gerard, esperando su respuesta, con evidente intención de marchar enseguida. Su paciencia se había agotado.

Se le escapaba. No podía, no quería dejarla irse así. Aunque tampoco estaba dispuesto a romper sus rigurosos hábitos. El hombre vuelve la vista a la tarjeta.

No hay ningún teléfono -. Observa el hombre.

Lo sé. No me gustan los teléfonos. Sólo lo uso con el servicio, me voy. ¿Nos vemos esta noche? Me gustaría que viniese. Sé que también usted lo desea. Aprovechemos este momento -. Los ojos de la chica parecen sinceros. De verdad lo deseaba ¿Cómo era aquello posible?.

No quería defraudarla de esa manera. Iba a hacerlo. Una cita, no tenía porque acostarse con ella, podía ir a cenar ¿Sólo cenar?.

Estaré allí puntual -. Por fin, dice Gerard. No podía dejar escapar una oportunidad como esa.

Le espero. Recuerde es sólo una fantasía. Nada más que eso -. Le hace un guiño mientras abre la puerta. Gerard la observa salir de la cafetería y entrar en el reluciente Rolls Royce que la esperaba. Instantes después, contemplaba a través del empañado cristal, como el coche desaparecía de su vista, adentrándose en las calles de Londres.

Se acomodó en su mesa, absorto en sus pensamientos. El mercado se desvanecía a la vez que los hombres y mujeres recogían sus puestos bajo la persistente lluvia e introducían con rapidez y maestría sus bienes en las furgonetas. Su mente, estaba en otro lugar, lejos de allí, las siete y media de la tarde.  Su mano todavía sostenía la tarjeta de Brigitte Lewis, con la dirección: 17 de Harrington Street, Oxford.

                                                     LA CENA


Gerard Brown sale del garaje de su apartamento en South Kensigton al volante de su reluciente jaguar verde oscuro. Programa el GPS con la dirección de la chica. Esta a una hora y media de camino. Tiene tiempo de sobra, todavía son las cinco y cuarto. No quería llegar tarde, incluso podría pararse a tomar un té en el camino. Llevaba dos botellas del Domaine Henri Gouges, un Borgoña francés que era uno de sus vinos favoritos.

Le hubiese gustado disponer del teléfono de Brigitte para llamarla. Tener unas palabras con ella. No le gustaba la idea de acudir a la cita con la idea premeditada de cumplir “Su fantasía...” Le parecía fuera de lugar, ahora que estaba más sereno. Lo que sí tenía era un enorme interés por saber más de ella. Quizás podrían llegar a ser amigos, había algo en ella que lo atraía fuertemente. Desde luego, la cena sería interesante y de su agrado. Le intrigaba el hecho de porqué una chica como ella, que podía tener a quien quisiese, se interesaba por un carcamal como él. Estaba ilusionado “Una fantasía”.

A las siete de la tarde, el hombre circulaba sin prisas por el elegante barrio de las afueras de Oxford, quería pasar con el coche por delante de la casa. Estaba situada en una zona residencial de la clase alta. No era la primera vez que estaba en ese barrio, si bien, hacia tiempo que no paseaba por las ajardinadas calles. Elegantes nogales, cipreses y olmos se erguían impecables en el borde de la acera. Muchos de los domicilios eran de estilo victoriano; los había realmente llamativos. La casa de Brigitte era una de las más espectaculares. Estaba circundada por un gran muro que se levantaba a mas de 5 metros de altura. Un gran portón negro señalaba la entrada. Parecía impenetrable.

¿De dónde provendría la fortuna de la joven? Una casa así, al menos debía de costar ocho millones de Libras. Por no hablar del mantenimiento. Su familia debe ser extremadamente rica. Demasiado joven para poder haber generado semejante fortuna. Sentencia.

Después de un par de paseos por el barrio, se dispuso a entrar en la casa. Se dirigió hasta el gran portalón de la entrada disponiéndose a bajar del coche. No fue necesario, la puerta se abrió automáticamente facilitándole el acceso a la vivienda. De hecho, no alcanzó ni a ver el interfono de la entrada. Sí pudo ver un buzón de correo y varias cámaras de seguridad aledañas. Lo habitual en la zona, nada que suscitase su atención.

El jaguar avanzaba despacio por el serpenteante camino de piedra que daba acceso a la mansión. A su lado se extendía el impoluto jardín estilo inglés con numerosos y bien arreglados setos. El terreno era inmenso, más grande de lo que se intuía desde el exterior, los árboles estaban dispuestos únicamente en los flancos, junto al muro. La mansión de dos plantas estaba a unos sesenta metros, construida en rojizo ladrillo inglés y flanqueada por blancas columnas victorianas. Estaba provista de amplios ventanales, muchos de los cuales se encontraban iluminados. ¿Con quién viviría la chica? ¿Una casa tan enorme para ella sola?, ¿O no estaba sola?

La puerta del garaje, situada a la derecha de la casa, se elevó. Gerard encaminó el coche hacia allí. Un hombre vestido con uniforme de mayordomo lo recibía. Dominique. Tres gigantescos dogos, salieron del interior del garaje corriendo despavoridos hacia el jardín; como compitiendo por ver cual llegaba primero.

- Bienvenido, Mr Brown. Acompáñeme por favor -. Dijo el hombre, a través de la ventanilla, con un marcado acento francés. La expresión de su afilada cara, era fría, sin vida, servil. Su tono: cortés, aunque excesivamente seco.  Desprendía un fuerte olor a naftalina. El pelo le empezaba a escasear, marcando unas profundas entradas. Su aspecto físico era imponente; al parecer dedicaba mucha horas al gimnasio y sus enormes manos infundían respeto a cualquiera que se percatase.

La puerta del garaje se cerró y los tres perros quedaron libres en el jardín, fuera del alcance de su vista. Gerard bajó del coche saludando al mayordomo y recogiendo del asiento del copiloto, las dos botellas del magnifico borgoña. Iba vestido tal cual la chica le había pedido: Un elegante traje negro, camisa blanca,  pajarita verde, con gemelos verdes a juego.

Desde el garaje, accedieron al interior. La casa le encantó. Estaba decorada con mucho gusto; en absoluto recargada, como solían estarlo muchas de las casas del vecindario. Las estancias eran amplias y luminosas, cuadros modernos colgaban de las paredes. Gerard caminaba admirado, indagando en los gustos de la chica. Se detuvo a contemplar un par de estatuas romanas de perturbadora belleza ¿Serían auténticas?. El mayordomo acompañó al hombre hasta la entrada del comedor, abrió la puerta y ambos accedieron a la estancia.

Brigitte lo esperaba, acomodada en una elegante butaca roja de terciopelo, en su manos un vaso de cóctel con lo que parecía ser un Manhattan. Estaba espectacular. El pelo lo llevaba ahora suelto, completamente liso. Lucía un vestido azul marino de una pieza, zapatos a juego. En su cuello, un ancho collar de oro del que colgaba un pequeño colgante de un dios indio con cara de elefante y numerosos brazos.

- Buenas noches Gerard. Me alegro de que haya venido -. La chica le dedicó una amplía y cálida sonrisa.

- Buenas noches Brigitte. Esta usted esplendida -. La contempló embelesado.

- Usted también, un auténtico lord Inglés. Me gusta -. Enciende un pitillo rubio.

- Tiene usted una casa magnífica. No le he preguntado, ¿a qué se dedica?

- La casa es herencia familiar. Me dedico a la administración de los bienes de la familia.  Me temo que no es demasiado interesante.

- A mí me lo parece. Me han impresionado las estatuas romanas ¿Son auténticas?-.  La chica le hace un gesto afirmativo con la cabeza y le invita a acomodarse en uno de los sofás de cuero blanco, sentándose ella justo enfrente. Dominique entra en la habitación con una bandeja con otro Manhattan para él, al que acompañaban unos anacardos. - Gracias Dominique, puede retirarse. Lo avisaré para que nos sirva la cena.

Ambos brindaron. Gerard examinaba a la chica, admirado de su belleza. Estaba radiante, si cabe aun más que a la mañana.  Ella parecía distraída dándole unas ultimas bocanadas a su pitillo. Entrecruzó las piernas y Gerard pudo ver que no llevaba ropa interior. El hombre se tensó, de nuevo lo estaba provocando.

¿Le ha gustado?- La cara de Gerard era todo un poema.
Brigitte.... esto no esta bien -. Se toma una pausa. -Me hubiese gustado llamarla. Hablar con usted -.  El hombre quería poner un poco de cordura, hacer a la chica entrar en razón.

- Relájese Mr Brown. Disfrute la velada -. La chica se mostró indiferente a su observación, le gustaba que se hiciera de rogar. Eso le daba un aliciente. Lo que era fácil de conseguir no le interesaba en absoluto.

El incómodo silencio creado se vio roto por la melodía de un vals que inundó el amplio salón comedor.

¿Me concede este baile Gerard.? -.  Se puso en pie y le ofreció la mano al caballero.
Por supuesto, encantado -. Situados en el centro del salón comenzaron a bailar al ritmo de la música. La chica llevaba la iniciativa, Gerard se manejaba muy bien bailando, aunque ella lo superaba. Brigitte le pasó las manos por la espalda y acercó su cuerpo al del hombre.

Baila usted muy bien -. Dice ella. Lo tenía a su merced. Gerard estaba como en un sueño en los brazos de la joven, disfrutando a cada paso. El baile había sido una maravillosa sorpresa, hacía mucho que no bailaba. Se olvidó del incidente anterior.

Las manos de Brigitte fueron bajando por su cuerpo, se apoyaron en el trasero del hombre, el cuál apretó. Gerard cerró los ojos.

Por favor, no me provoque de esa manera.
¿Acaso no le gusta? -. Él no dijo nada, continuaron bailando. Por nada quería estropear ese momento. La chica le desabrochó un botón de la camisa y le puso la mano en el pecho, acariciándoselo. Gerard le retiró la mano con suavidad, con un gesto en su cara que indicaba mesura. Desde ese momento, sostuvo ambas manos de la chica. Impidiéndole que siguiese “perturbándolo”. Ella, sin embargo, no necesitaba de sus manos para conseguirlo. Su mirada era por si sola suficientemente provocadora.

Estuvieron bailando largo rato, para regocijo de él, hasta que la chica se le acercó a los labios con la intención de besarle. El unicamente le brindó un ligero beso, rechazando el pasional contacto que la chica le obsequiaba. Se lo recriminó con los ojos y le pasó delicadamente la mano por la cara en señal de desaprobación. La música cesó. Brigitte se acercó al interfono interior el cual pulso para indicar al mayordomo que les sirviese la cena.

Gerard tomó asiento en la mesa para ocho comensales. Se sentaron frente a frente, situándose en uno de los laterales para no estar muy distantes el uno del otro. A Gerard le hubiese gustado seguir bailando. Si por él fuera, lo habría hecho toda la noche. Se había sentido vivo de nuevo. Solo por ello, había merecido la pena venir.

El mayordomo descorchó una de las botellas del vino francés, sirvió dos copas.

- Excelente elección, Gerard -. Brindaron, mientras Dominique colocaba una antigua sopera de porcelana inglesa en la engalanada mesa, encendiendo dos candelabros de plata que estaban sobre el esplendido mantel blanco bordado. A continuación, les sirvió un poco de una exquisita sopa de pescado de roca.

- Dígame Gerard, ¿A qué se dedica usted?.

- Soy político. Parlamentario, actualmente.
- No me diga -. La chica se quedó perpleja ¡Menuda sorpresa! Por un momento se quedó pensativa - Tanto mejor, me gusta. Hace mi fantasía todavía más morbosa -. Dijo a la vez que le rellenaba de nuevo la copa y le lanzaba una mirada intensa.

- ¡Déjese de fantasías, por favor! -  Decretó Gerard, no estaba dispuesto a ser un juguete. Debía poner un poco de cordura ante las continuas insinuaciones de la muchacha.

La cena siguió con un sabroso plato de carne asada con patatas. Posteriormente llegaron los postres: una fresca crema inglesa que acompañaron con un estupendo oporto, de las bodegas que al parecer, pertenecían a la familia de Brigitte. Gerard comenzaba a sentirse un poco cargado, demasiado alcohol, la segunda botella de vino estaba casi en la mitad. Se acomodaron en los sillones y el mayordomo trajo una ceremoniosa botella de cristal tallado a mano con whisky irlandés en su interior. Se sirvieron dos nuevas copas.

El político seguía mostrándose esquivo ante las insinuaciones de la chica. Ella no se sentía ofendida, todo lo contrarío, le encantaba. Sabia como llevarlo a su terreno, de nuevo sonaba la música en el salón para alborozo del visitante. La joven lo llevó al centro de la estancia y comenzaron de nuevo a bailar. Gerard empezó a sentirse acalorado por la comida y el alcohol. Brigitte le ayudó a quitarse la chaqueta.

Siguieron bailando en silencio. Fue en ese momento cuanto Gerard se dio cuenta de que no se encontraba en condiciones de conducir. La bebida se le había subido definitivamente a la cabeza. Se había quedado inocentemente sin opciones. Brigitte le acariciaba la cadera. El ahora se dejaba llevar ¿Por qué no? No le quedaba otra opción, y ella lo sabía.

- Así me gusta, relájese. Muy bien, Gerard.

Se dieron un largo beso. El parlamentario participaba e incluso osaba acariciarle los senos por encima del vestido. Brigitte le desabrochó la camisa mientras cogía su mano para que le tocase por debajo de la falda, sintiendo él el calor de su interior.

Gerard se estremeció, bailaron fundidos en un largo beso - Soy tuya -. Le decía. Gerard estaba al límite - Estas dotada de una gran belleza y de una lengua muy suelta  -. Le soltó de improviso,no podía aguantar más. Su mirada penetraba en el interior de los ojos de la chica. Ella le rió el reproche. No se amilanó ni por su comentario, ni por su mirada, todo lo contrario le desabrochó el cinturón y metió su mano por debajo del pantalón. Gerard tomó aire sobrecogido.

Se dirigieron de la mano a la habitación de la chica en el piso de arriba. Definitivamente había sucumbido a sus encantos. La chica le ayudó a desvestirse. Gerard quedó completamente desnudo frente a ella que se rió maliciosamente. Había conseguido lo que quería. Él la miraba impaciente, deseando admirar su hermoso cuerpo mientras ella lo acariciaba.

Por fin, Gerard la ayudó a desabrocharse el vestido ante un gesto de ella. Admiró y recorrió su cuerpo con las manos, acariciando sus turgentes pechos. ¡Que linda que era! Tenía una luna llena tatuada en una de las nalgas. Gerard nunca había estado con una chica que luciera un tatuaje. Lo rozó con la yema de los dedos, intrigado.

Se tumbaron en la cama. El alcohol estaba afectando a Gerard, que se sentía cada vez más mareado. La chica, notándolo le dijo que no se preocupase, que se quedaría a dormir con ella. Gerard asintió con la cabeza despreocupado, se tendió sobre la chica y la besó, acariciando todo su cuerpo, recreándose en sus senos. Estaban los dos a tope. Estuvieron un largo rato besándose, sintiéndose él en el paraíso. La chica disfrutaba de su fantasía, hasta que él al fin, la poseyó.

Eres mía, Brigitte -. Le decía mientras empujaba con fuerza y ella se estremecía.
¿Notas cómo eres mía? ¿Notas cómo te poseo? -. A fin de cuentas ¿No era lo que ella quería?.
Sí, sí. Soy tuya, tuya -.  Respondía ella, encantada de que por fin entrase en su papel. El paró un momento, no quería concluir tan rápido. Brigitte aprovechó para servirle un nuevo whisky y sacó un juego de esposas, lo cual sorprendió a Gerard a la vez que lo excitó aún más. Si quería guerra, se la iba a dar.  

Gerard se tumbó boca arriba mientras ella le ponía las esposas, anclándolas en el cabezal de la cama. La chica se sentó encima de él, comenzando a moverse rítmicamente mientras le acariciaba el pelo del pecho. Gerard estaba en el más absoluto de los éxtasis. Ella jadeaba y le decía: - Soy tuya Gerard, soy tuya –. Cada vez más rápido. Notó como la chica por fin sufrió un orgasmo y siguió un rato más hasta que con el segundo orgasmo de la joven él no pudo aguantarse más y eyaculó también. Brigitte se tumbó encima de su cuerpo besándolo. Él agotado, se durmió profundamente, todavía esposado al cabezal de la cama, con la chica abrazada a él.

Pasada media hora, se despertó. Se encontraba muy mareado. Brigitte lo continuaba besando y acariciando. Él le sonrío medio dormido, completamente aturdido. Brigitte dirigió la mano a las nalgas y le empezó a meter un dedo. Gerard, lo rechazó, se negó, pero no le importaba.

- Brigitte, por favor. No me gusta eso -. Alcanzó a decir. Pero ¿qué le pasaba? Estaba demasiado mareado, le fallaban las fuerzas.

No le hizo caso alguno. Siguió jugando con el dedo que tenía untado en crema. Hasta que de manera brusca, se lo introdujo en el ano. Estuvo largo rato haciéndose hueco, mientras él se quejaba vagamente, a pesar del dolor. Casi no podía ni abrir los ojos, pese a lo molesto que le resultaba. A duras penas le dijo que parase. ¿Qué le estaba pasando? No se encontraba nada bien. Ella no se detuvo, no tenia intención alguna de parar.

La chica se incorporó y le dio un tremendo bofetón para sorpresa de Gerard.

- Eres mío, Gerard -. El tono imperativo, mandón, muy diferente al empleado anteriormente.

En ese momento se dio cuenta de que algo iba mal, muy mal. La chica le dio de nuevo otra bofetada, si cabe aún más fuerte. El hombre esposado a la cama, sin fuerzas, drogado, a su merced. Sin poder defenderse. Otro bofetón y otro, cada vez más fuertes. Gerard se veía impotente ante ella, que se reía y le pegaba una y otra vez. Le apretó fuertemente los testículos. Gerard gritó del dolor.

- ¡No grites o haré que te arrepientas! -. Le espetó mientras le apretaba aún más fuerte, quedando Gerard con la boca abierta, del dolor. No comprendía qué estaba pasando, ¿por qué le estaba haciendo eso? ¿Por qué estaba tan mareado? Apenas reaccionaba. No podía pensar con claridad.

La chica se untó más crema en la mano. Entretanto, el mayordomo entró en la habitación y colocó una cámara de vídeo en un trípode. Eso no era normal, algo estaba yendo mal, muy mal, e iba a peor. Gerard trababa de patear con las escasas fuerzas que conservaba. Cada vez que lo hacia, la chica le apretaba el escroto tan fuerte que le brotaban lágrimas de los ojos. Brigitte se puso en píe, tenía sangre en la mano, la sangre de Gerard.

Abrió un cajón de la mesilla y se puso un arnés que disponía de un miembro viril de tamaño considerable, el cual untó de crema. El parlamentario estaba horrorizado ante lo que se le venía encima y pataleó todo lo fuerte que pudo, pero no fue suficiente. La cabeza le daba vueltas, apenas se mantenía consciente. La chica le dio unos tortazos con la palma de la mano abierta. El mayordomo le sujetaba las piernas; que puso con violencia sobre los hombros de la chica, y las inmovilizó con firmeza.

Ahora serás mío Gerard. Lo serás para siempre.

Comenzó a penetrarlo con el enorme miembro sin piedad alguna. A pesar de los gritos de dolor del hombre. Él trataba de librarse, pero no podía por más que lo intentaba y tampoco estaba en condiciones: lo habían drogado. El mayordomo le agarraba del cuello, ahogándolo, dejándolo casi sin aliento. Finalmente, se rindió, la chica lo embistió una y otra vez haciéndolo suyo durante un largo rato, humillándolo mientras se reía. Vio la locura en su cara. La satisfacción de Brigitte, el horror en la cara de Gerard. No se podía defender, solo podía llorar mientras era violado. Todo le parecía irreal, un mal sueño.

Cuando se dio por satisfecha, le dijo: - A partir de ahora la que manda soy yo. Tú obedecerás sin rechistar. De no ser así, serás castigado. Te voy a domar para que seas mi juguete -. Le escupió en la cara a la vez que le daba un tremendo tortazo. - ¡Eres mío!- . Gritó.

Jacintobcn
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